por Leandro Aguirre

TRADITIONAL DRINKING

Las tradiciones no han sido toda la vida tradiciones añejas, evidentemente. Cualquiera de ellas comenzó un buen día por las buenas sin previo aviso y sin la intención de durar décadas o siglos. Como lo de no ganar el Camp Nou, mismamente, que jamás pensamos que pudiera durar   cien años, y por el camino vamos.

Y cada año nacen tradiciones nuevas. Por ejemplo, ya es toda una tradición, no que haya un libro perico en los quioscos cada Sant Jordi, sino que haya un libro de Jaume Sabater cada 23 de abril a la venta. Y, claro, cualquier libro que se precie ha de tener su presentación con cava y esas cosas, lo que se convierte en otra tradición. Y, por supuesto, cualquier presentación que haga el BiB conllevará consigo la consiguiente contrcrónica por mi parte, que es una tradición que yo he instauré porque me salió un día de las narices y, como nadie me ha dicho que deje de hacerlo, pues sigo con ello.

Ha sido ésta una semana que ha recuperado el viejo espíritu del Blanc i Blau de los orígenes. Es decir: comamos y bebamos hasta reventar, que cualquier día esto se acaba y hay que aprovechar. Empezó la cosa el lunes con la entrega del Premi BiB al Consejo por construirnos el estadio, que, entre nosotros, es una excusa como cualquier otra para ir a cenar a Can Palou. Me gustaría contaros cómo fue el fiestorro en cuestión, pero la cosa es que mi asistencia al evento fue vetada por la dirección de este periódico. "Compréndelo, ermitaño" -me dijeron los jefes-; "es que viene el presidente, los alcaldes de no sé dónde y gente muy importante, e igual da mala imagen tener a un tío con hábito comiendo con las manos y bebiendo directamente   a morro de la botella". Yo me indigné, claro. Que viva en una cueva entre animales no significa que tenga que comportarme como tal: soy perfectamente capaz de comer directamente del plato con la boca sin usar las manos y, el vino, sólo lo bebo de la bota que llevo encima siempre. ¿Por quién me han tomado?; ¿por un salvaje?

Pero da igual, porque podéis imaginar cómo fue todo. Los unos diciéndoles a los otros que qué guapos son, los otros diciéndole a los unos que qué bien lo hacen todo, y todo ello entre lingotazo y lingotazo, que enternece cosa mala a la gente.

Al día siguiente, y como todo el mundo sabe que lo mejor para una resaca es volverla a pillar, el BiB presentó el nuevo libro de Jaume Sabater. Ahí sí me dejaron ir, primero porque se tenían que cargar las cajas con los libros, y segundo porque la gente VIP -como ya se lo había comido y bebido todo lo que se tenían que comer y beber el día anterior y el tema de la cultura, se ve, no es que les apasione demasiado, o al menos no tanto como que les hinchen el ego- no tenían intención de aparecer. ¿Se les echó de menos? En fin, cómo explicarlo... Digamos que entre copa de cava y copa de cava todos derramamos unas lágrimas pensando en los ausentes. Una penita.

Claro que, para pena, la presentación que el compañero maoísta Larena realizó del libro. Pero no pena de penoso, sino de lacrimógeno. Un dramón humano desgarrador el que explicó Jorge, que debería impulsaros a todas y todos, gente insensible y sin corazón, a salir corriendo hacia el quiosco. Y así lo interpretó la audiencia, que dejó el salón de la Casa de Valencia inundado de lágrimas. Larena, para los que no estuvistéis, pasó de decir nada del libro ni de su autor, y se dedicó a lamentarse porque "la vida de escritor es muy dura", porque "no sé porqué 'Sombras de otoño' no se vende más", porque "los lectores de Blanc i Blau son unos desagradecidos y mis compañeros de trabajo unos cabrones", y cosas así. Que digo yo que si escribiera un artículo de opinión de vez en cuando, igual la gente se acordaba de que existía y vendía algún libro más. Pero es sólo una idea, ¿eh, Jorge, majo?

Por lo demás, lo bueno de estos actos siempre es lo mismo. Aparte de la bebida, malpensados. Son esas charlas con don Fernando, Luis, Joan, Jordi, José Carlos -¡el gran José Carlos!- y el resto de pericos normales que circulan por ahí y que, probable aunque injustamente, nunca reciban un premio. Y, bueno; sí, el cava. Pero es que, entendedlo: un acto así sin el más mínimo doping es un acto de voluntad que, personalmente, me veo incapaz de realizar. Podéis llamadme débil si queréis.