Se nos ha muerto el poeta. Avelino Pérez Álvarez, el hombre que convertía en versos las crónicas de los partidos, el hombre que creaba rimas de esta árida realidad del fútbol. Se nos ha muerto apenas a dos meses de cumplir los 94 años, apenas a tres meses de disfrutar la inauguración del nuevo campo de Cornellá...
Conocer a Avelino fue una de las muchas satisfacciones que me ha dado la militancia perica. Era, sigue siendo en nuestros corazones, un hombre lleno de vitalidad e ingenio, un hombre al que se le iluminaba la mirada mientras compartía la enorme sabiduría acumulada a lo largo de tantos años de experiencia atenta.
Cuando uno le escuchaba tenía la sensación de que la llama de la juventud seguía viva en su interior, como si el paso de los años, en lugar de apagarla, la hubiera alimentado generando nuevas ilusiones.
Recuerdo ahora el día que me hizo el honor de presentar un libro mío en la Casa de Valencia (foto). Recuerdo su presentación, no las palabras, evidentemente, sino su tono y, sobre todo, que toda ella estaba construida en verso, algo inaudito por la enorme dificultad que supone. Recuerdo su mirada de niño travieso al acabar el acto, su alegría contagiosa, la luz que irradiaba su espíritu de poeta...
Éste es un escrito algo inconexo, contradictorio; de un lado tengo el dolor de recordar su cuerpo inerte, de otro la alegría de haber coincidido con él en esta ecuación espacio tiempo en que vivimos nuestras vidas.
Recuerdo también nuestro encuentro casual en aquel aeropuerto londinense, camino de Glasgow, de aquel partido en el que perdimos una copa y ganamos para siempre el orgullo y la dignidad de no habernos rendido jamás. Del brazo de Marimel corrías hacia el avión, con una vitalidad impropia de tus nueve décadas...
Avelino, si, como tú creías, más allá hay un lugar en el que reposan los espíritus bondadosos, ahora debes estar mirándome, y seguramente también te ríes todavía de Leandro y de mí, dos agnósticos a los que has conseguido meter en una iglesia...
Quiero creer que es así, quiero creer que allá en el cielo, ese cielo blanquiazul, seguirás componiendo versos, alimentando almas, llenando de alegría los espíritus, dando la luz de tu talento a quienes tengan la suerte de tenerte cerca.
¡Hasta siempre, poeta!