Me despedía el pasado lunes emocionado por la muerte de Avelino. Mis últimas palabras eran: esperaré. Me refería a que seguiría esperando sus poemas.
El destino nos ha guardado a todos los que le queríamos una gran sorpresa. No he tenido que esperar nada, Avelino ha sido fiel a su cita habitual y el poema ha llegado.
Marimel, su hija, autora también de la poesía que aparece en esta misma página bajo la de su padre, lo encontró poniendo orden en sus cosas después del trajín del funeral y el entierro, digo que encontró entre sus cosas la última poesía. La que Avelino escribió con la consciencia bien clara del momento de su muerte y que, astutamente, colocó entre las cosas de su hija, sabiendo que la encontraría rápidamente, como así ha sido.
A muchos lectores os sorpendrá tal vez que el amor que sentíamos por él nos lleve a seguir hablando de él. Por encima de las sucias normas del periodisismo basura actual, por encima de cualquier ley de marketing habida y por haber, os sorprenda si no conocéis este medio. Los más fieles, estoy seguro, estaréis tan apenados como todos los que hacemos Blanc i Blau, y la despedida del maestro, que podéis leer a vuestra izquierda, es claramente también para vosotros.
No me gusta hablar de hombres buenos y malos, pero sí que distingo la bondad entre tantos cabrones, y, ayudado por cierto egoísmo positivo, reivindico que la existencia de personas como Avelino debería ser infinita. Él lo ha logrado con una pasmosa facilidad, y con él su hija ayudando. La energía que transmitía Avelino ha pasado a su hija Marimel, una mujer que vivió por él y con él, una mujer que sufrió, lloró de alegría con sus alegrías y lloró como nadie su muerte. Marimel hoy se desahoga con la misma discreción que lo hacía su padre. Y lo ha hecho en el mejor homenaje posible, en forma de poema que podéis leer bajo el texto de Avelino.
He vivido con mucha intensidad los casi trece años de existencia de este periódico. Decano de la prensa espanyolista aunque a muchos les pese. Lo he vivido siempre con la sana intención de que quienes lo hicierámos fuerámos un equipo solidario y con el blanquizul como única preocupación. Muchos no han cumplido su parte, es más, han hecho tanto daño a este medio que no merecen constar en la historia de él, pero los buenos, los que de verdad entendieron desde el principio qué significaba Blanc i Blau, son mayoría. Unos nos dejan por otra vida desconocida, como Avelino o Carlos, otros triunfan en sus carreras de buenos periodistas y muchos otros siguen leyéndonos. En días como hoy, el último poema nos dice que humanamente lo hemos hecho bien, tal vez sólo nos equivocamos en extender nuestra forma de ser y confianza en el ser humano a todo aquello que vestía de blanquiazul.
Volveríamos a hacerlo igual. De no ser así, seguramente nunca habríamos conocido a Avelino, a Carlos, a Patricio, a Jorge, a León, a Miquel, a Jaume, a todos los que nos leen, a los que hoy trabajan con nosotros o a algunos del club que valen la pena.
De no haberlo hecho igual seríamos la escoria de la que se nutre el periodismo deportivo, aquél que ni siquiera tiene respeto por los muertos pero vende mucho, aquel que es capaz de vender a su madre por un titular, también seríamos los lameculos de directivos vacíos y egoístas que lo único que aportarán al fútbol serán millones de deudas y el apestoso hedor de sus zapatazos después de pisar cientos de cadáveres.
De no haberlo hecho igual no nos sentiríamos contentos de ser humanos, aunque hayamos perdido todo lo material en esta labor siempre nos quedara la poesía, la de Avelino.