La apisonadora mediático-culé ha coincidido en calificar de “vergonzosa” la eliminación, el pasado jueves, del Barça en su andadura por la Copa de Su Majestad el Rey a manos de un presuntamente más débil Getafe, que les endiñó un cuatro a cero de lo más aparente, máxime si tenemos en cuenta que el mejor blaugrana fue el guardameta Jorquera. ¡Pero que vergüenza ni que niño muerto! ¿Cómo esa pandilla de palafreneros culés pueden hablar de la antigua verecundia latina que provenía del verbo vereri cuyo significado era: temer o acatar?
Un club cuyo presidente tiene la desvergonzería (averecundia) de quedarse en paños menores (feísimos por cierto) ante un correcto requerimiento de las fuerzas de seguridad de un aeropuerto a quienes el señor Laporta, presuntamente, injurió; un club que no duda en utilizar la UNICEF, organismo internacional para la protección de la infancia desfavorecida, para hacer negocios con el resto de patrocinadores; un club que ha hecho de la prepotencia, vanidad y chulería, estilos de vida, no puede tener vergüenza (es decir, que ni temen ni acatan). Y es que no la tienen, ni saben lo que es.
Sí conjugan bien el verbo lamentarse e, hipocritillas ellos, piden perdón a una afición que no merece ser tratada así y por la que siento un inmenso respeto. Yo me alegro por un Bernd Schuster (foto), divertido y optimista que no cumplió con su palabra (lógicamente) de quemar cuanto estuviera a su paso en el supuesto de superar la eliminatoria. Y por su esposa, quien fuera vejada cuando el alemán llegó para jugar con el Barça, por haber aparecido ligera de ropa en una revista del país tudesco. Todo tiene, al final reparación.
Y hablando de finales. Cuanto comienza tiene un fin, más próximo o remoto. Ahí están el imperio hitita, el sumerio-acadio o el egipcio. E incluso el III Reich de los mil años que se quedó en doce. Aunque para largo el Imperio romano que fundaran Rómulo y Remo con la inestimable colaboración de Eneas y de una loba recién parida que les alimentó. Primero la monarquía con siete reyes, el primero Numa Pompilio, allá por el 753 antes de Cristo y el último Tarquino el Soberbio quien dio paso a la República en el 509, así mismo A.d.C. Luego César y un montón de emperadores hasta que Odoacro, rey de los Erulos releva del cargo a una especie de alfeñique, llamado (despectivamente) Romulo Augustulo a quien su señor papá, de nombre Orestes, había instalado en la corte de Rávena por el siempre expeditivo sistema de destronar a Nepote en favor de su nene. A éste Odoacro le perdonó la vida y lo mandó a orillas del lago Baiac a una finca de Lúculo. Pero ahí termino (año 476 de nuestra era) el Imperio romano de Occidente. Más de mil años, pero tuvo su fin.
Yo creo que estamos ante el desmoronamiento de la dictadura (cuando menos en Catalunya) del culé. Lo del Coliseo getafiano va a resultar de muy difícil digestión para Laporta y sus acólitos. Este año no han ganado nada. Incluso, aunque la prensa sumisa y obediente guarde silencio al respecto, perdieron la Copa Catalunya ante nuestro albiazul equipo. Además, pueden no triunfar en ninguna competición. Sólo les queda la Liga. Van delante con dos puntos de ventaja, a que negarlo. Pero quedan quince de aquellos en juego y puede pasar de todo.
Una de las cosas es que nosotros, tras dar buena cuenta del Madrid (para que no se diga) les venzamos en el Nou Camp, donde nos tendrán que hacer el pasillo de campeones de una competición europea, zona de juego que ellos ya abandonaron hace algún tiempo. Esto se pone bonito. Pero no hay que olvidar que lo del pelotón es sólo un juego y un deporte. Como tal hay que tomarlo. Y a quien no lo vea así que se lo haga mirar.